domingo, 17 de noviembre de 2013

Cantar con la mente


© Greenlady

Reciclar es bueno. 
Reciclar textos también, sobre todo si son positivos como este que desempolvé del diario de Ladybug.
Tengo la teoría de que cuando uno canta es porque está feliz. No tiene que ser en voz alta... Uno puede pasar cantado con la mente y por lo general lo hace de forma inconsciente. Cuando se acuerda de alguna situación, momento, persona, animal o cosa... Y de repente uno se da cuenta, se sorprende a sí mismo cantando... o silbando.
Recuerdo que mi abuelito siempre silbaba. Lo recuerdo con su cigarro en la mano, brocha y pintura. Pasaba silbando todo el día mientras trabajaba. Solo paraba de silbar cuando almorzaba y se tomaba su fresco de cas -yo me tomo el fresco hasta que termino de comer- me decía... Estaba feliz y sobre todo, hacía las cosas con gusto.
Creo que esa fue la enseñanza más grande que me dejó: Por más humilde que sea un trabajo, cuanto más agrado uno le ponga, la retribución emocional será más alta y más contento se siente uno. Al punto de cantar.
Cuando uno canta deja salir lo que siente, es una expresión no solo cultural sino también del estado de ánimo. Alguien por ahí me dijo que uno canta también cuando está triste. Puede ser. Tal vez en esos momentos uno no canta a todo pulmón, pero sí se imagina las melodías en la mente...
Al igual que a veces más bien nos ponemos masoquistas y escuchamos canciones para moquear, en ocasiones esa música viene desde adentro acompañando la escena nostálgica, como en una película. (Función expresiva de la música, según Armand Balsebre).
No sé dónde la escuché o si me la inventé pensando en que todos tenemos una banda sonora que acompaña diferentes momentos de nuestra vida, pero hay una frase que me gusta mucho, una pregunta que todos deberiamos poder contestar sin titubear: ¿Su vida tiene algún soundtrack?

jueves, 7 de noviembre de 2013

La Peyregade


Pocos "paseos" han sido para mí tan significativos, como el que hice en familia (con toda la familia de mi amiga Delphine) a La Peyregade: un pueblito o villa escondida en los Altos Pirineos, Francia.

Aire puro, verdor, paisajes que nunca antes había visto y un grupo de la más alta calidad de gente, amable y acogedora como jamás se imaginarían (franceses en su gran mayoría).


La familia Bibbal + amigos entrañables

De ese fin de semana de verano, recuerdo muchos momentos emocionantes y situaciones totalmente novedosas para mí. 

Nos hospedamon en una vieja escuela que la familia adecuó para que funcionara como "casa de verano".  La mesa al aire libre para comer era larga, como de 30 puestos. Me encantaban las frutas: los duraznos, las naranjas... y por primera vez comí cabrito "asado al palo".

De día íbamos a una poza cercana, yo nunca me metí porque el agua estaba helada, por la tarde hacíamos paseos por los alrededores y por la noche después de la cena todos se reunían alrededor de una fogata a conversar o cantar. 

¡Mi equipo de pétanque!

Por primera vez jugué la pétanque un  juego "de viejos" que en realidad también disfrutamos los jóvenes, haciendo equipos combinados. 

Los Pirineos es tierra de castillos: fuimos a varias fortalezas de los cátaros, ahora en ruinas, pero que conservan una belleza admirable y sobre todo unas vistas espectaculares.


Llegando al castillo de Roquefixade

Y como si no fueran ya muchas todas las atenciones y sorpresas que había tenido, la mamá de mi amiga, Françoise, quiso llevarme a conocer un lugar especial para nunca olvidar: La Grotte de Niaux. Unas cavernas prehistóricas con pinturas rupestres, a las cuales se puede entrar solamente con guía, en grupos pequeños (con límite máximo diario) y una linterna por pareja,  para no estropear el tesoro que ahí se guarda.

Cuando, por alrededor de un minuto, encienden las luces y se pueden ver los caballos, nutrias y otros animales dibujados en las diferentes bóvedas de la cueva, la sensación es realmente mágica...
El silencio y la oscuridad lo pone a uno a pensar por qué motivos quienes vivieron ahí hace 3000 años decidieron dejar una marca para la posteridad. Si eran lugares "sagrados", servían de refugio, o qué era la cosa y por qué los "decoraban".
En mi opinión esas cavernas funcionaban como una escuela, donde por medio de dibujos enseñaban a los niños acerca de los animales, sus características, técnicas de caza, etc., pero esa es solo mi hipótesis.  

Realmente ese fin de semana en La Peyregade me acercó a una realidad que no conocía, me llenó de calor humano y de sonrisas que aún todavía permanecen en mí.


Para los francoparlantes, un videito sobre este espléndido lugar.